Martí me habló de la amistad, y creo en él, cada día. Aunque a veces sea difícil leer bajo el sol, y haya tantas verdades.

El mundo tiene la razón puesta en el diario, hay dictdauras perfectas, amor por descifrar, un dios en edad de jugar. Vete al destino al punto que será final y juega lo que no jugué y canta que ¡sigo en pie!

Nunca supe contar las hojas de los árboles, seguro estoy re-quete mal, pues ni la hiel ni el desengaño me dan razón de funeral. Cebando con pudredumbre invitan a lumbres, que no prenden, aunque amen bien.

Bendito el tiempo que me dio un amor, sin permiso.

No quiero estar tras la puerta sino soñando en un río en la montaña, estando a salvo del perdón. Descifra el amor, la rabia y el odio, juega lo que no jugué y canta que aunque sin rey mago ¡sigues en pie!

Bendito el tiempo que me dio un amor, con permiso.
Bendito, el tiempo me dio un amor sin permiso.
Bendito el tiempo, que me dio un amor sin permiso.

Para no hacer de mi amor pedazos, y salvarnos de únicos e impares, te vengo a convidar a que no pierdas, ¿a tanta mierda?

Saramago

25 de septiembre de 2015

Fuimos a comer a un restaurante nuevo entre vía primavera y provenza que se llama Saramago, ‘cocina de autor’. No sé si es porque los platos se llaman como autores o por lo de que el chef hace cosas raras, en fin.

Los platos se llaman como autores.

Pedimos una jarra de sangría rosada, un tris más cara de lo normal y pedimos la comida. Daniela pidió lo único vegetariano, un Tolstói que es como un rollo de lentejas relleno de tomates, con champiñones encima, deliciosos. Con una salsita de maracuyá.

Yo pedí un Hemingway que es como un Cheese Burger tradicional porque ningún otro plato me llamó la atención tipo Lomo relleno de nosequé o cerdo no se cómo. Busqué el Gabo de pura grupie y era una cosa muy rara con queso que sonaba maluca y demás que era rica, como los libros de él.

Conversamos y fumamos en la terracita como de adentro, con una luna espectacular y hablando de todo un poco tocamos los mismos temas de siempre, certezas y no certezas, planes y no planes.

De postre yo pedí un Isabel Allende: arroz con leche con trufas de chocolate. Daniela pidió un no me acuerdo el nombre: tarta de chocolate con crema chantilli y fresas.

El Isabel Allende estaba exquisito. Tenía esas cositas que tienen los quipitos que explotan en la boca, lo mismo que tenía el volcán de chocolate de Olé. Y las trufas se mezclaban perfectamente con el no-tan-dulce del arroz, qué cuca de plato. Por lo que vale la pena volver, porque la hamburguesa nada extraordinario.

El postre de Daniela era más sencillo pero la textura de la tarta era muy particular y deliciosa, esponjosa, entre una torta y un brownie. Muy muy rica, pero de nuevo, nada extraordinario.

Las conclusiones de la noche fueron que a Daniela no le gustan los postres que incluyen frutas porque siente que son sabores ‘que no van ahí’ y yo no puedo volver a pedir hamburguesa en nuestras salidas mensuales a comer en restaurantes chéveres.

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Mundo verde

20 de septiembre de 2015

El viernes de la semana pasada estaba en mi casa tranquila sin plan diferente a ver el desafío a las 8pm y Ale escribió por el grupo que quería ir a comer que quién se apuntaba. Yo dije que yo y nadie más dijo nada entonces nos fuimos pa Mundo Verde, un sitio en Vía Primavera con una terraza linda, pero no más linda que la de Olé olé que queda al frente.

A la entrada estaban degustando Hatsu, Ale y yo pedimos el amarillo que yo nunca había visto y es como nuevo y listo, super hiper deli. En esas llamo Dani que iba a caer, entonces le dijimos que la esperábamos pa pedir y pedimos una entrada.

Pedimos queso Papialpa asado. Viene con una mermelada como roja, creo que de mora, deliciosa. Queso asado es siempre ir a la fija, por siempre jamás. De tomar pedí una soda de manzana verde, de esas que están como de moda. Es rica, pero parecía como sintética, no sé, sabía a manzana verde pero como distinto. Igual rica y tenía pedazos de manzana.

Esperamos a Dani un rato y mientras tanto no me decidía entre wraps y ensaladas. Al final, cuando Dani llegó, pedí un wrap vegetariano con portobellos y queso papialpa asado porque WHY NOT y bueno. Es un wrap grande que viene partido en dos y puedes pedir platanitos, papitas o ensalada. Yo pedí platanitos porque qué es la dieta y venían con una salsita super rica, blanca, como mayonesa casera. Además puedes pedir tortilla normal o integral, es búsqueda de las personas fit de Medellín.

Delicioso el wrap, me gustó mucho, y el queso asado le da un toque super diferente. Los platanitos ni se diga, hasta se veían saludables, cero grasosos, largos y crocantes.

Una comida muy rica y una opción deliciosa para mi dieta. Aunque me pareció caro para lo que ofrecen, porque no es una opción única, en crepes por ejemplo hay cosas saludables, igual de ricas y más baratas.

En fin, muy rico, pero caro.

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Olé olé

11 de septiembre de 2015

Esa semana estaban arreglando mi casa, y como no había manera de cocinar algo mi mamá me invitó a almorzar.

En el instagram de Olé olé había visto que tienen un menú del día a 15.000, y me pareció barato y a mi mamá también entonces fuimos. El sitio queda en vía primavera, al lado de pergamino por unas escaleras en una terraza divina, desde donde se ven los árboles del barrio y todas esas casas divinas. Además hizo un día espectacular.

No hubo donde parquear entonces dejamos el carro arriba en provenza, al lado de Humo y bajamos caminando. Subimos las escaleras que uno cree que no son prometedoras y llegamos a un lugar divino de 10×10 tal vez, no tengo idea de medidas. Nos sentamos en el bordito de la terraza mirando a la calle y nos atendió una mesera entre querida y fastidiosa.

La carta es fea, como hecha en word y los precios son caros, de 30.000 para arriba un plato. Yo no entiendo bien qué son las tapas españolas, y pensé que le mesera me iba a explicar pero me recomendó una de solomito y me dejé llevar porque la sentí como fastidiada en ese momento. Pedimos entonces ese plato y uno del menú del día para compartir.

Para beber había limonada mojito, que pedí y yo y una limonada normal para mi mamá. Eso sí fue es-pec-ta-cular, qué dicha esa limonada de mojito, me fascinó. Llegó primero la ensalada del menú del día, con mucha lechuga, dos huevos sancochados partidos a la mitad, aguacate, champiñones y una salsa deliciosa. Nos la comimos entre las dos y esperamos los demás platos.

Primero llegó el mío: era un solomito delicioso con un queso semi derretido y semi amargo, un plato muy muy rico, pero no traía nada más. Sin carbohidratos ni ensalada, fue triste. Como 5 minutos después llegó el plato que mi mamá había pedido: un pollo asado en una cama un puré de espinaca con garbanzos. Eso fue lo mejor del almuerzo, ese puré. Exquisito.

Nos comimos todo entre las dos y después le pedimos a la mesera un postre que se demoró muchísimo, más de 20 minutos. Un volcán de chocolate. Pero valió la pena la espera. Nada diferente de un volcan común y corriente de por ahí. Lo excepcional era que tenía unos manís tostados y las chispitas de los quipitos que explotan en la boca. Fue una sensación maraavillosa, ¡me encantó!

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Esto no es una elegía

7 de septiembre de 2015

Me recuerdas las calles de la Habana vieja, calles que no he visto y muros que no se han caído.

Me recuerdas ciertos sentimientos que nunca se sabe que traen en las alas: si vivos o muertos. Me quito el rostro y lo doblo encima del pantalón; el Estadio es un buen barrio para vivir, al fin y al cabo puede uno salir a trotar con el perro, hay buses y queda al lado del metro.

Tu me recuerdas las cosas, no sé, las ventanas donde los cantores nocturnos cantaban amor a la Habana, amor a la Habana.

Esto no es una elegía, más que una acción de gracias por darle a mis ganas razón para un beso: una modesta corona encontrada en la aurora.

Tu amor es una joya que quiero lucir vestida de fiesta.

La blasfemia de un continente está detrás de nuestros ojos, y un poco de muerte. Que me perdonen los muertos de mi felicidad.

Junto a ti.

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¡qué viva la democracia!

3 de marzo de 2014

Luisa llevaba parada esperando el bus más de quince minutos, con un libro de anatomía de tres kilos en la mano y un morral bien pesado. Mira el reloj de la barbie que le regaló su hermanita de cinco años de cumpleaños, apenas el tiempo justo para llegar al parcial. Ahora llega este hijueputa bus bien lleno y no me para, pensó. Y efectivamente, el bus iba muy lleno pero sí le paró. Entró y se acomodó atrás, para bajarse más rápido. Se cogió de la silla en la que iba sentada una señora con un hombre al lado, tal vez el hijo. Estaban hablando de las votaciones del domingo, había que escoger presidente. Ella decía que quería votar en blanco para que supieran, los de allá arriba, que aquí abajo estamos cansados, Y es que si vale mucha plata no me importa, ¿cuánto se roban ellos?, Que nos hagan otras elecciones, no me importa, igual nadie me representa. Luisa sonrió y la miró, pensaba igual. Qué voy a votar yo por el que sigue con las políticas del presidente, si tienen la salud vuelta mierda, y qué voy a votar yo por el del partido alternativo si igual no va a ganar, y peor el conservador que no sabe que se nos mueren las mujeres por abortar, y el liberal creo que ni tiene candidato.
Luego el hombre, después de que la señora hablara un buen rato, habló. No es cuestión de plata, mami, por dios, uno tiene que escoger, esa es la no-democracia en la que vivimos, es que si uno puede votar en blanco es solo pa que creamos que tenemos garantías, pero si gana el voto en blanco ¿qué?, todos los candidatos tienen que cambiarse y ahora si los que medio tienen idea de qué es este país en verdad, o sea los partidos alternativos, no tienen chance en unas elecciones normales, ahora en unas que se tengan que repetir, no mami, dejame hablar, es que es cuestión de lógica, porque te creés muy revolucionaria pero al fin y al cabo… Luisa no terminó de oír porque le sonó el celular, un número desconocido. Aló, Hola Lu, ¿Con quién?, Tan boba, pues conmigo, ¿Quién?, Pues Andrea, pendeja!, Quibo boba, ¿cambió de número? no la tengo guardada, No, este es el de Sebastián, Aa, ¿bien o qué?, Bien, oiga Lu, vamos a hacer una fiesta el sábado, los tíos de Sebas le prestaron la finca, nos subimos por la tarde y nos bajamos el domingo tipo cinco, ¿qué dice?, De una, ¿cuándo mercamos?, No sé, ¿cuándo puede?, Almuerce el sábado en mi casa y después vamos, De una, la llamo, Hágale pues, chao, Chao. Cuando colgó le faltaban unas cuadras para llegar y el hijo de la señora todavía la estaba regañando, Porque nunca se sabe, además ni sabes cuáles son los candidatos, es pura irresponsabilidad política.

Se bajó del bus pensando en el presidente mientras caminaba al semáforo para cruzar la avenida. Era una avenida muy grande, de muchos carriles y muy transitada, se necesitaban tres cambios de semáforo para cruzarla completa. Miraba el muñequito rojo del semáforo mientras decidía que hacer, Este maldito libro si pesa, qué horror, por qué no lo dividen en tomos, no entiendo. Se cambió el libro de brazo mientras el semáforo se llenaba de gente, Uno como se siente de insignificante con tanta gente alrededor, tanta gente en este mundo y uno tan solo, qué pereza, qué bueno que nos vamos pa esa finca, ya no tengo que votar, al fin y al cabo nada va a cambiar. El semáforo pasó a verde y Luisa caminó con otras cien personas, hasta el siguiente muñequito rojo.

José se sentó en la oficina faltando un cuarto para las ocho a revisar el correo. Un estudiante, su mamá, el jefe, la registraduría. ¿La registraduría? Maldita sea, qué pasó. El correo decía, entre otras especificaciones de forma, que tenía que servirle a la patria siendo juez de votación. Patria, ¡cuál patria! aquí no hay es nada, ni democracia, ni instituciones, ¡nada!, maldita vida, si no hay nada qué hacer. Cerró el correo y se fue al salón a esperar a que llegaran los estudiantes, clase de ocho un lunes. Le echó azúcar al tinto y mientras lo revolvía pensaba en el presidente. Qué calor que está haciendo, y estos pelaos que llegan siempre tarde, qué cosa tan horrible, yo ya ni sé por quién votar, si igual se van a robar los votos para qué perder mi tiempo, mejor me compro unos mangos para comer mientras los otros hacen patria, es que hay que verles la cara, todos orgullosos de la democracia más sólida de América Latina, patriotas sin patria que creen que vamos todos para alguna parte, ¡pendejos!, es que por qué tengo que ser yo, que le sirvan a la patria otros, jueputa vida, o mejor: que otros sirvan la patria en bandeja de plata a las mismas tres familias de siempre.

Salió de clase a dar unas asesorías, luego se encontró con Sandra para almorzar y a las dos fue a la biblioteca a devolver unos libros, todavía pensando en el presidente. No voy a votar por nadie, un voto más o un voto menos qué valen, además suficiente tengo con ser jurado, suficiente democracia por el resto de mi vida. José salió de la universidad y paró a comprar mango de mil, biche con cáscara y pimienta, por favor.

María caminó hasta el final de la plataforma para salir más rápido de la estación en la que se iba a bajar. Esperó el Metro cinco minutos y se pegó de un tubo que había entre los vagones. Y la vio. ¡Sofía!, María, por dios, no nos vemos hace cuántos años, Como cinco, ¿no?, Juepucha, ¿pa dónde vas?, No pues para la casa, a almorzar, Bajémonos en el centro y yo invito, pa que nos desatrasemos, Ay será, Dale, no seás aguafiestas, No he cambiado, pero bueno, me invitás a coctel, De una.
Se sentaron a almorzar en el restaurante del hotel de toda la vida del centro y pidieron dos mojitos. María y Sofía eran lesbianas, tenían 58 años las dos y fueron el primer amor de la otra. Se conocían del colegio, cuando tenían 13 se dieron el primer beso y fueron novias hasta los veinticinco, cuando todo fue desapareciendo con calma. Fue un amor de esos lindos, calmado, que se desgastó a fuerza de bregar amar algo que no se puede amar. Cuando tenían diecisiete sentaron a los cuatro papás en este mismo restaurante, un viernes por la noche, a decirles que eran novias, se acostaban juntas y se daban besos en los baños del colegio. Lo que vino después no interesa mucho; se amaron, simplemente, porque no las dejaban. Y cuando se dieron cuenta de eso se separaron con calma, encontrándose todos los miércoles a tomar el algo. Cuando entraron a la universidad militaron en cualquier partido de izquierda, que ahora hacía parte del oficialismo, e hicieron una promesa: no votar por un partido diferente al que las dejaba quererse. Y hasta ahora lo han cumplido. Sofi, entonces ¿por quién vas a votar?, Ay eme, yo no sé, la promesa la he cumplido siempre, pero ¿viste lo que el candidato del partido dijo de los homosexuales?, Qué horror, cómo han cambiado las cosas, A mí eso ya no me mueve tanto, yo soy una lesbiana feliz, pero siempre pienso en las niñas pequeñas, y esa peleadera de uno con el mundo y me dan como ganas de llorar, no sé, ¿Que hacemos, Sofi?, No sé, eme, no votemos, vamos a cine en Santa Elena, ¿te acordás como era de bacano?, ¿Todavía existirá?, Pues demás, igual nos vamos las cuatro, ¿no?, decile a Meli y yo le digo a Patricia, qué rico.

Después de otro mojito volvieron a la estación y se despidieron en el Metro. Con los celulares actualizados, María quedó en llamar a Sofía para cuadrar la hora; el plan del domingo era ir a Santa Elena porque o se vota por el partido o no se vota.

Eran las dos de la tarde y nadie había ido a votar. Los jurados, por miedo o por patriotismo, no se atrevieron a jugar a la democracia y mientras comían mango miraban las puertas desoladas sin saber ni qué pensar, esperando por lo menos que el candidato viniera a votar por él mismo. No había nadie en las calles, ni en los parques, patria sin democracia, voto sin votante, urnas sin basura.

A las cuatro de la tarde los camarógrafos miraban al cielo, guarden las cámaras que va a llover, acá ya no vino nadie, nos quedamos sin presidente. A las seis de la tarde se cerraron las urnas, no hubo elecciones para comprar, patria sin patriota, voto sin botante, urna sin basura, nadie votó, ¡qué viva la democracia!

Me regalaron el libro de cumpleaños, en una mesa de Carlos E. un domingo de mucho viento y frío.

Me lo empecé a leer el martes y acabé el jueves, algo así. Es una de esas novelas que se lee sola. No es que uno no pueda dejar de leer, porque sí, sino que es suave, continua, llevadera, amena.

Es la historia de Hajime y sus amores y sus enredos sentimentales. Me sorprende que la haya disfrutado tanto, porque no es particularmente el tipo que me gusta. Es un libro muy pausado, las frases no son largas, es muy rápido y yo suelo apreciar más todo lo contrario. Pero ya ven.

No quería terminarlo. En el libro hay muchas referencias a canciones de Jazz, que terminé escuchando. Puse una lista de reproducción de Ellington y me acosté a leer una de las partes más intensas del libro, por el final, cuando Hajime se reencuentra con Shimamoto.

Quedé vacía cuando lo cerré pero no fui capaz de llorar. Me puse a empacar para la universidad con Star-crossed lovers de fondo y ese amor que se fue al mar en la cabeza. La verdad es que yo creo que me gustó tanto sólo porque lo sentí muy cercano y me vi en un personaje. Yo sé que es pretencioso pero al fin y al cabo eso es un libro, ¿no?

Me sorprendió mucho que una cultura tan diferente tuviera una forma de llevar la vida tan parecida a esta que tenemos por acá, no sé. Los mismos dramas y las mismas pérdidas en todas partes, siempre. No cambia nada.

“Aún hoy recuerdo el tacto de su mano aquel día. Es un tacto diferente a cualquier otro que haya experimentado después. Era simplemente la mano pequeña y cálida de una niña de doce años. Pero en aquellos cinco dedos y en aquella palma se concentraban, como en un catálogo, todas las cosas que yo quería saber, todas las cosas que tenía que saber. Y ella, al tomarme de la mano, me las enseñó. Me enseñó que en el mundo real existía un lugar como aquél.”

“Ya no estaba solo, pero, al mismo tiempo, me sentía más solo que nunca. Me resultaba imposible calibrar bien la distancia, igual que cuando te pones gafas por primera vez. Podía tocar cosas que estaban lejos y no distinguía con claridad las que estaban cerca.”

“-Tú no lo entiendes, no sabes lo vacío que te sientes cuando eres incapaz de crear nada.
-Yo no creo que lo seas. Tengo la impresión de que puedes crear muchas cosas.
-¿Qué tipo de cosas?
-Cosas que no tienen forma -dije. Y me miré las manos, apoyadas en las rodillas.
Shimamoto me dedicó una larga mirada mientras sostenía inmóvil su copa.
-¿Te refieres a sentimientos?
-Claro -dije-. Todo desaparece un día u otro. Este local, sin ir más lejos, no sé cuánto tiempo durará. A poco que cambien los gustos de la gente, a la mínima fluctuación económica, todo se iría al garete. Lo he visto muchas veces. Es algo muy simple. Todo lo que tiene forma desaparece antes o después. Sin embargo, hay un tipo de sentimientos que desaparecen para siempre.
-Pero ¿sabes, Hajime?, hay sentimientos que son amargos porque perduran, ¿no te parece?”

“…Y, de repente, me vino a la cabeza la imagen de Shimamoto, blanca, rígida, dentro del coche de alquiler, en el aparcameinto de la bolera. Aún recordaba vívidamente lo que había visto aquel día en el fondo de sus pupilas. Un espacio de hielo y tinieblas que parecía un glaciar en las entrañas de la tierra. Un silencio profundo que absorbía todos los ecos sin dejar que afloraran jamás a la superficie. Aparte de ese silencio, no había nada más. Era la primera vez que me enfrentaba la imagen de la muerte. Jamás había perdido a un ser cercano. No había visto morir a nadie. Por eso, hasta entonces, no había podido hacerme una imagen concreta de la muerte. Pero, aquel día, la muerte estuvo frente a mí. Extendiéndose a pocos centímetros de mi rostro. Esto es la muerte, pensé. Y algo me dijo que, un día, también me tocaría a mí. Porque tarde o temprano todos acabamos cayendo eternamente, en soledad, a través de ese silencio sin resonancia, a través de las tinieblas. Y ante ese mundo experimenté un pánico tan desmesurado que se me hizo difícil respirar. Pensé que aquella sima oscura no tenía fondo.”

Y ya. Debo decir que al principio leía Jaime y no Hajime.

Politeria

24 de febrero de 2014

Salimos de clase de Pensamiento Político algún martes del año pasado a las diez de la mañana hablando con el profe Didiher sobre el pregrado de literatura cerrado que había en la U. Éramos Camila, Manuela y yo, preguntándonos nuestro futuro en la Ciencia Política, hablando sobre pasarnos para la Licenciatura en Español y Literatura.
Entonces el profe se preocupó tal vez porque somos maravillosas y nos ve futuro, o tal vez porque cree con vehemencia en que hay futuro alguno. En todo caso, nos dijo que la literatura estaba en la política todo el tiempo y la verdad, no sé como terminamos planeando un grupo de estudio sobre el tema.
Quedamos en reunirnos un lunes a las doce, tal vez, para concretar ideas y decidir unas cuantas cosas. El documento fundacional es una hoja tamaño carta en la que Didiher tomó nota de las ideas, ilegible, enredada y divina. En esa reunión decidimos ponerle al grupo Politeria, un nombre que al fin y al cabo contiene lo que nos reúne.

Luego vino el paro, las vacaciones y muchos meses que dejaron el grupo en el tintero. Arrancamos este año encontrándonos en corredores diciendo ¿Politeria qué? hasta que quedamos un lunes en el cuarto piso, en la oficina del profe, que tiene unas celosías por donde entra un vientico y se ven las hojas de unos árboles con el bloque de economía en el fondo.

El documento fundacional estaba perdido, entonces tocó volver a pensar lo ya dicho e intentar recordar lo ya pactado. Quedaron en el tintero los dos mismos libros, el de Hemingway para empezar por la guerra civil española y el de Saramago para empezar por la revolución de los claveles. Votamos y al final, después de mucho debatir, nos sedujo más Saramago. Levantado del suelo, particularmente.
La segunda sesión fue a punta de agua y minichips en la misma oficina del cuarto piso, con el documento fundacional encontrado y Manuela en Skype. Partimos el libro en capítulos que había que leer para cada sesión, hicimos una cuenta en twitter y un correo con una contraseña muy particular. Nos dividimos partes de un dossier del país.es para presentar a Saramago, su obra, su pensamiento, su vida y unas fotos representativas.
Mandamos el pdf del libro con una invitación a asistir los lunes a la una de la tarde y pues yo crucé los dedos a ver si alguien se animaba.

Hoy fue la primera vez que nos reunimos, sesión fundacional. Fueron Alison y Manuela pero otra.
Cada una presentó su parte, conversamos sobre las figuras literarias en la política como el Doctor puño de hierro en Ucrania o los Escuálidos en Venezuela, leímos unos fragmentos del libro, vimos fotos de Saramago y Gabo, de Saramago y Castro, de Saramago y Pilar, de Saramago y el Subco. Manuela nos leyó una parte de su discurso del nobel, y yo les conté sobre la canción que hizo Sabina después de un carta del Subco.

Politeria nace en un corredor de la Universidad de Antioquia a las diez de la mañana como un intento por alejarnos de la vehemencia con la que la política nos hace enfrentarnos a la muerte y encontrar en el arte una ventana que nos ilumine la vida, para que la tarea de sobrevivir sea un poco más sencilla.

This is not a letter.

5 de marzo de 2013

Mi papá nunca me dejó salir de casa sin aretas; decía que parecía un hombre. Mi teoría es que le encantan las mujeres de pelo corto para poder mirarles las orejas y estar seguro de que no le gustó un hombre.

Te pareces tanto a mi papá.

Nunca me cambiaba las aretas. Cuando salió de Argos, a mi mamá le dieron unas candongas plateadas y desde eso no me las quito, más que para una fiesta, muy de vez en cuando. Pero últimamente me las he cambiado y me he cogido el pelo para que se me vean. También me he puesto pulseras.

Me paro en el espejo, hablándole a Lolé, y me quito las candongas. Abro la cajita de Women’s Secret con la foto de un brassier donde tengo todas mis güevonadas y saco las aretas de perlas que compré en ese almacén que no sé pronunciar y que alguna vez le presté a La. Me las pongo. Me hago una trenza a cada lado de la cabeza y me las recojo en una media cola. Me miro al espejo, y pienso en ti.

Pienso en lo tuya que soy y en lo lejos que estás.

Cuando dejas de contestar yo no sé como portarme y me dan ganas de llorar. Practico monólogos y me invento soluciones (la más realizable siempre es colapsar el Metro) para cuando hablemos pero cuando me contestas lo único que me sale es un ¿cómo estás?

Recuerda cuando fuimos a caminar y vimos la primera vez un belanube. No me olvido de tu abrazo y de la pelea tomate-granadilla.

Esta vez, practiqué el monólogo con Lolé mirándome al espejo, diciendo en voz alta que si cambian las circunstancias, cambian las condiciones.

 

Cuando quieras te llevo los guayacanes y las guacharacas, te los cambio por cuatro vasos de grosellas y tres besos.

 

 

M.

La canción de Mariana.

11 de diciembre de 2012

Se sentaba en el tocador desnuda y se peinaba todas las noches a las diez. Empezó la noche en que mataron a Ligia porque la sangre le hizo un nudo en el pelo. Cuando ella no se paraba en todo el día de la cama, su papá venía y la sentaba en el tocador y con el cepillo verde le separaba el pelo y la peinaba de izquierda a derecha, mirándola en el espejo. Cuando al tocador se lo comieron las hormigas, se sentaba en la cama antes de dormir y se ponía el pelo para adelante y lo peinaba de la cabeza hacia abajo. Le gustaba sentir la sangre en los ojos y luego el descanso cuando volvía a ver el mundo al derecho. Recogía los pelos de la sábana antes de acostarse y se quedaba viéndose en el espejo del baño horas hasta que ya no se reconocía en el reflejo. No soñaba ni se despertaba en la noche, iba por la vida haciendo lo que tenía que hacer, pensando lo que tenía que pensar y leyendo lo que le gustaba. Trabajaba en el centro y hacía parte de la hora pico del metro.

Decidió no cortarse el pelo cuando quedó embarazada, sin saber en realidad por qué. Perdió el bebé en el quinto mes y volvió a los días en los que no se paraba ni comía, sólo que su papá no estaba para peinarla en las noches. Se levantó un miércoles y fue a Caldas a comprar un tocador que estaba manchado de negro. Lo lijó y lo barnizó manchando las paredes de ese pegote color miel. Sin estar seco se sentó a peinarse, de izquierda a derecha, como lo hacía su padre. Lloró tres noches y dos días. El lunes fue a trabajar, sin darse cuenta que el pelo le había crecido hasta el botón del pantalón. Todos la miraban raro en el trabajo, y nadie le decía nada; ella pensaba que era porque ya no llevaba un bebé en el estómago. El martes tenía el pelo en las rodillas, se dio cuenta cuando se lo lavó y le pesaba tres veces más que antes. Lo trenzó y se lo cortó en los oídos, pero al martes de la otra semana, después de hacer lo mismo tres veces, seguía con el pelo en las rodillas. Le crecía en la noche, y se había vuelto medio crespo, parejo, más mono que antes y dejó de crecerle cuando le llegó a los tobillos entonces todavía podía caminar tranquila.

Al final se rindió, le gustaba tener el pelo tan largo. Se sentía protegida y escondida, no tenía que mirar a nadie a la cara.

Había un pedazo del río que tenía piedras planas y árboles grandes que le daban una tregua al sol abrasador del medio día. Le gustaba ir con frutas a dormir la siesta mientras el viento le enredaba el pelo. Escogía una de las piedras secas y se acostaba metiendo el pelo en el agua fría que corría. Miraba el cielo sin nubes y se comía las mandarinas sonriendo, pensando en Ligia y su papá. Era una mujer muy sola. En navidad sacaba una olla grande y hacía natilla para todos los niños de la cuadra, que le daban guaro y vino y hojuelas y buñuelos. Ella se entraba sola y con ganas de bailar pensaba en Mario. Le escribía cartas, siempre en la noche, que guardaba en un sobre de manila que decía Exposiciones. Cuando veía las luces verdes reflejadas en las bolas rojas del árbol de navidad también pensaba en él y sus besos, y se preguntaba dónde estaría y qué habría sido de su vida si el bebé no se hubiera muerto.

Llamaba a Andrés, el hijo de la vecina y le decía que le ayudara a poner las luces para navidad. No le gustaban las extensiones nuevas con bombillos chiquiticos, prefería las que ponía Ligia, bombillos amarillos que pintaban todos juntos con vinilo de colores. A veces les hacían figuritas; ella siempre hacía estrellas amarillas en fondo de colores.

Conoció a Mario dos años antes de tener el pelo tan largo, en la fila del metro comprando el integrado.
-Yo la veo todos los días por acá pidiendo el integrado azul, ¿dónde vive pues?
-Arriba en Envigado.
-Y cómo se llama?
-Mariana.

Se fueron juntos ese día y cuando se desocupó una silla ella se sentó y le cargó el morral. Hablaron de música, él le dijo que su favorito era Silvio, Un cubano Mariana, ¿no lo conoce?
Se encontraban todos los días en la fila, los primeros días sin pensarlo y luego buscándose al llegar. Él la acompañaba hasta el integrado y caminaba hasta la casa arriba de la estación. Una noche él la invitó a empanadas y ella lo invitó a su casa. Cuando terminaron ella se sentó en el tocador a peinarse y luego se durmió con él abrazándola. Él empezó a dejar cosas en el baño, y ella se acostumbró a tenerlo siempre cerca. Se fue a vivir con ella, sin preguntárselo y ella sin sorprenderse. Hacían la natilla juntos y para los bombillos no tenía que llamar a Andrés. Él los pintaba siempre de rojo con puntos de colores, y le sonreía cada vez que sentía su mano en la espalda.

Ponía los CDs de Silvio los domingos antes de que los vecinos le pusieran la emisora tan duro que no se podía ni pensar. Entonces se iban a comer empanadas a algún parque. Cuando se quedaban sin qué decir, él le susurraba al oído Quién sera Mariana y por qué querrá ser canción. Ella nunca entendió.

Cuando quedó embarazada a él no dejaron de brillarle los ojos y llegaba todas las noches con algo nuevo para el bebé. Ella se desmayó en el baño y hubo que llevarla al hospital llena de sangre. Cuando ella abrió los ojos lo tenía acurrucado al lado en la cama. Le cantó toda la noche y se fue en la mañana. Nunca supo nada más de él.

Ella se volvió alérgica a Silvio, y se pregunta siempre por qué querrá ser canción.