La canción de Mariana.

11 de diciembre de 2012

Se sentaba en el tocador desnuda y se peinaba todas las noches a las diez. Empezó la noche en que mataron a Ligia porque la sangre le hizo un nudo en el pelo. Cuando ella no se paraba en todo el día de la cama, su papá venía y la sentaba en el tocador y con el cepillo verde le separaba el pelo y la peinaba de izquierda a derecha, mirándola en el espejo. Cuando al tocador se lo comieron las hormigas, se sentaba en la cama antes de dormir y se ponía el pelo para adelante y lo peinaba de la cabeza hacia abajo. Le gustaba sentir la sangre en los ojos y luego el descanso cuando volvía a ver el mundo al derecho. Recogía los pelos de la sábana antes de acostarse y se quedaba viéndose en el espejo del baño horas hasta que ya no se reconocía en el reflejo. No soñaba ni se despertaba en la noche, iba por la vida haciendo lo que tenía que hacer, pensando lo que tenía que pensar y leyendo lo que le gustaba. Trabajaba en el centro y hacía parte de la hora pico del metro.

Decidió no cortarse el pelo cuando quedó embarazada, sin saber en realidad por qué. Perdió el bebé en el quinto mes y volvió a los días en los que no se paraba ni comía, sólo que su papá no estaba para peinarla en las noches. Se levantó un miércoles y fue a Caldas a comprar un tocador que estaba manchado de negro. Lo lijó y lo barnizó manchando las paredes de ese pegote color miel. Sin estar seco se sentó a peinarse, de izquierda a derecha, como lo hacía su padre. Lloró tres noches y dos días. El lunes fue a trabajar, sin darse cuenta que el pelo le había crecido hasta el botón del pantalón. Todos la miraban raro en el trabajo, y nadie le decía nada; ella pensaba que era porque ya no llevaba un bebé en el estómago. El martes tenía el pelo en las rodillas, se dio cuenta cuando se lo lavó y le pesaba tres veces más que antes. Lo trenzó y se lo cortó en los oídos, pero al martes de la otra semana, después de hacer lo mismo tres veces, seguía con el pelo en las rodillas. Le crecía en la noche, y se había vuelto medio crespo, parejo, más mono que antes y dejó de crecerle cuando le llegó a los tobillos entonces todavía podía caminar tranquila.

Al final se rindió, le gustaba tener el pelo tan largo. Se sentía protegida y escondida, no tenía que mirar a nadie a la cara.

Había un pedazo del río que tenía piedras planas y árboles grandes que le daban una tregua al sol abrasador del medio día. Le gustaba ir con frutas a dormir la siesta mientras el viento le enredaba el pelo. Escogía una de las piedras secas y se acostaba metiendo el pelo en el agua fría que corría. Miraba el cielo sin nubes y se comía las mandarinas sonriendo, pensando en Ligia y su papá. Era una mujer muy sola. En navidad sacaba una olla grande y hacía natilla para todos los niños de la cuadra, que le daban guaro y vino y hojuelas y buñuelos. Ella se entraba sola y con ganas de bailar pensaba en Mario. Le escribía cartas, siempre en la noche, que guardaba en un sobre de manila que decía Exposiciones. Cuando veía las luces verdes reflejadas en las bolas rojas del árbol de navidad también pensaba en él y sus besos, y se preguntaba dónde estaría y qué habría sido de su vida si el bebé no se hubiera muerto.

Llamaba a Andrés, el hijo de la vecina y le decía que le ayudara a poner las luces para navidad. No le gustaban las extensiones nuevas con bombillos chiquiticos, prefería las que ponía Ligia, bombillos amarillos que pintaban todos juntos con vinilo de colores. A veces les hacían figuritas; ella siempre hacía estrellas amarillas en fondo de colores.

Conoció a Mario dos años antes de tener el pelo tan largo, en la fila del metro comprando el integrado.
-Yo la veo todos los días por acá pidiendo el integrado azul, ¿dónde vive pues?
-Arriba en Envigado.
-Y cómo se llama?
-Mariana.

Se fueron juntos ese día y cuando se desocupó una silla ella se sentó y le cargó el morral. Hablaron de música, él le dijo que su favorito era Silvio, Un cubano Mariana, ¿no lo conoce?
Se encontraban todos los días en la fila, los primeros días sin pensarlo y luego buscándose al llegar. Él la acompañaba hasta el integrado y caminaba hasta la casa arriba de la estación. Una noche él la invitó a empanadas y ella lo invitó a su casa. Cuando terminaron ella se sentó en el tocador a peinarse y luego se durmió con él abrazándola. Él empezó a dejar cosas en el baño, y ella se acostumbró a tenerlo siempre cerca. Se fue a vivir con ella, sin preguntárselo y ella sin sorprenderse. Hacían la natilla juntos y para los bombillos no tenía que llamar a Andrés. Él los pintaba siempre de rojo con puntos de colores, y le sonreía cada vez que sentía su mano en la espalda.

Ponía los CDs de Silvio los domingos antes de que los vecinos le pusieran la emisora tan duro que no se podía ni pensar. Entonces se iban a comer empanadas a algún parque. Cuando se quedaban sin qué decir, él le susurraba al oído Quién sera Mariana y por qué querrá ser canción. Ella nunca entendió.

Cuando quedó embarazada a él no dejaron de brillarle los ojos y llegaba todas las noches con algo nuevo para el bebé. Ella se desmayó en el baño y hubo que llevarla al hospital llena de sangre. Cuando ella abrió los ojos lo tenía acurrucado al lado en la cama. Le cantó toda la noche y se fue en la mañana. Nunca supo nada más de él.

Ella se volvió alérgica a Silvio, y se pregunta siempre por qué querrá ser canción.

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